La adolescencia comprende el periodo de tiempo desde el
inicio de la maduración puberal hasta el fin del
crecimiento somático. Este periodo, que no tiene unos límites cronológicos precisos, se divide en dos etapas a efectos prácticos: de los 9 a los 13 años (primera fasede la adolescencia) y de los 14 a los 18 años (segunda fase de la adolescencia).
Es un periodo de
crecimiento acelerado con un aumento muy importante tanto de la talla como de la masa corporal. Además, en relación con el sexo, tiene lugar un cambio en la composición del organismo variando las proporciones de los tejidos libres de grasa, hueso y músculo fundamentalmente, y el compartimiento graso.
Los estudios de requerimientos nutricionales en adolescentes son limitados, estableciéndose las ingestas recomendadas para este colectivo por extrapolación de los datos obtenidos en niños y adultos.
Los objetivos nutricionales son:
- conseguir un crecimiento adecuado,
- evitar los déficits de nutrientes específicos y
- consolidar hábitos alimentarios correctos que permitan prevenir los problemas de salud de épocas posteriores de la vida que están influidos por la dieta, como son hipercolesterolemia, hipertensión arterial, obesidad y osteoporosis.
Hay que asegurar un aporte calórico suficiente, de acuerdo con la edad biológica y la actividad física, que permita el crecimiento adecuado y mantener un peso saludable, evitando sobrecargas calóricas en los casos de maduración lenta.
La distribución calórica de la ingesta debe mantener una proporción correcta de principios inmediatos:
- 10-15% del valor calórico total en forma de proteínas,
- 50-60% en forma de hidratos de carbono y
- 30-35% como grasa.
El reparto calórico a lo largo del día debe realizarse en función de las actividades desarrolladas, evitando omitir comidas o realizar algunas excesivamente copiosas.
Es fundamental
reforzar el desayuno, evitar picoteos entre horas y el consumo indiscriminado de tentempiés.
Se sugiere un régimen de
cuatro comidas con la siguiente distribución calórica:
- desayuno, 25% del valor calórico total;
- comida, 30%;
- merienda, 15-20%, y
- cena 25-30%.
La mejor defensa frente a las deficiencias y excesos nutricionales es
variar la ingesta entre los alimentos de los diversos grupos de alimentos.
Así, hay que moderar el consumo de proteínas procurando que éstas procedan de ambas fuente, animal y vegetal, potenciando el consumo de cereales y legumbres frente a la carne.
No se aconsejan el consumo de la grasa visible de las carnes y el exceso de embutidos y se recomienda aumentar la ingesta de pescados ricos en grasa poliinsaturada, sustituyendo a los productos cárnicos, tres o cuatro veces a la semana.
Se debe potenciar el consumo del
aceite de oliva frente al de otros aceites vegetales, mantequilla y margarinas. Los productos de bollería industrial elaborados con grasas saturadas deben restringirse. El consumo de tres
huevos a la semana permite no sobrepasar las recomendaciones de ingesta de colesterol. Los
hidratos de carbono se consumirán preferentemente en forma compleja, lo que asegura un aporte adecuado de fibra. Para ello se fomentará el consumo de cereales (pan, pasta, arroz); frutas, preferentemente frescas y enteras; verduras, hortalizas, tubérculos y legumbres.
Se
evitará el exceso de zumos no naturales y el consumo de hidratos de carbono simples, presentes en los productos industrializados, dulces, o añadidos en forma de azúcar a los alimentos en el propio medio familiar.
Debe potenciarse el
consumo de agua frente a todo tipo de bebidas y refrescos, que contienen exclusivamente hidratos de carbono simples y diversos aditivos.
Hay que procurar que la
dieta sea variada, con vistas a proporcionar un
correcto aporte de vitaminas y oligoelementos.
Como fuente de
vitaminas liposolubles se debe fomentar el consumo de hortalizas y verduras, en particular las de hoja verde, los aceites vegetales, el huevo y los productos lácteos no descremados. El hígado es muy rico en vitamina A.
Las distintas
vitaminas hidrosolubles se encuentran en muy diversas fuentes: verduras, hortalizas, frutas, cereales no refinados, carnes, derivados lácteos y frutos secos.
Para cubrir las necesidades de
calcio es necesario un aporte de leche o derivados en cantidad superior a 500-700 ml/día.
El consumo de
carnes, principalmente
rojas, es una magnífica fuente de hierro de fácil absorción, mientras que en las verduras, hortalizas y cereales la biodisponibilidad es mucho menor, aunque puede mejorarse por el consumo simultáneo de alimentos ricos en ácido ascórbico (frutas y verduras).
El consumo de
productos marinos, o en su defecto de
sal suplementada, impide el déficit de yodo. El ingreso adecuado de
flúor, principalmente a través de las aguas de bebida, junto a otros factores (evitar alimentos cariógenos e higiene dental) disminuye la incidencia de caries. El consumo excesivo de sal se ha relacionado con el desarrollo de hipertensión en individuos predispuestos, por lo que se recomiendan ingestas moderadas, evitando los alimentos salados y el hábito de añadir sal a las comidas.
La pirámide de alimentos, publicada en 1992, es un medio sencillo para enseñar buenas prácticas dietéticas, pues clasifica los alimentos en grupos fáciles de comprender y recomienda servir raciones de cada uno para lograr los objetivos señalados anteriormente.
Aplicada al adolescente, se puede modificar en relación con los hábitos y costumbres de un área determinada y en el caso de nuestro medio adaptarla a la
dieta mediterránea. La base representa los alimentos que hay que consumir en mayor cantidad para asegurar un correcto aporte energético sin riesgos, y según se va ascendiendo, la ingesta se va limitando para conseguir el equilibrio de nutrientes.
Es importante que los padres participen del consejo nutricional del adolescente.
Protocolos de Nutrición: Asociación Española de Pediatría
Extraído de "Alimentación del Adolescente"
Diana Madruga Acerete y Consuelo Pedrón Giner